Meditaciones bíblicas

Te glorificamos, Dios santo, Dios fuerte, Dios de amor e infinita misericordia, que se manifiesta en todos los que profetizan con palabras de esperanza y obras de misericordia a todos nosotros y a los pobres modernos de alma y cuerpo.

Padre Celestial, abre los ojos de nuestro corazón para que distingamos la sabiduría terrenal de la sabiduría celestial. Para que nos compromentamos contigo y te sirvamos en los pequeños, amemos en los despreciados de este mundo. Calma la tormenta de nuestra codicia. Limpia nuestro deseo subconsciente para el reconocimiento que nosotros más nos estamos sacrificando por Ti y el deseo de ser considerados como los Primeros en Zdenac

Confiemos nuestras vidas al Señor y no tengamos miedo de recibir menos. Demostremos nuestra fe en la vida cotidiana mediante los actos de amor por nuestros prójimos que necesita nuestra ayuda y apoyo.

En la permanencia gozosa con Jesús, en cada oportunidad seamos Su toque y la palabra EFFATÁ, que anima y cambia los destinos de los asustados.

Corazón - es la palabra clave del discurso de Jesús. No es suficiente honrar a Dios con los labios, sino adorarlo y servirlo con el corazón. El corazón es todo el hombre (en el Antiguo Testamento), el corazón es el centro de la persona, de la conciencia. Todo lo que un hombre piensa, decide, odia y ama sucede en el corazón.

Jesús busca la fidelidad total: irse o quedarse, no quedarse pero ser inactivo. La lealtad es una relación dinámica; es buscar, descubrir, admirar, sorprender. Y en esas relaciones la verdadera medida es el amor.

"Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

“El pan de la vida" se alcanza sólo por la fe en Jesucristo. Y creer significa abandonar a nosotros mismos, no pertenecer a nosotros mismos, dejar que Dios nos alimente de sí mismo.

Jesús eligió permanecer entre nosotros en el pan, en el pan que se parte por la vida de muchos, en el pan que no se puede comer solo, en el pan que busca un corazón agradecido. La gratitud permite la acción.

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