Sábado, 04.07.2020. 08:57

XIV. Domingo Ordinario

Primera lectura

Lectura de la profecía de Zacarías (9,9-10):

Así dice el Señor: «Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.»
Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144,1-2.8-9.10-11.13cd-14
R/.
 Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás. R/.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,9.11-13):

Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.
Palabra de Dios.

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,25-30):

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»
Palabra del Señor.

 

Para el crecimiento espiritual de los miembros de Zdenac

 

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas.

 

La segunda epístola de las lecturas dominicales es corta. En su brevedad, de solo unas pocas líneas, se entrelaza con el discurso del Espíritu y la carne. Seis veces menciona el Espíritu, y seis veces el cuerpo. Evoca un duelo entre el Espíritu y el cuerpo. Con claridad y con su compromiso con Cristo, Pablo anima a los cristianos a verse a sí mismos en la gloria de una vida nueva, matando las obras de la carne.

 

En el principio dice: vosotros no estáis en el cuerpo, no estáis sujetos a la naturaleza humana con todo lo que lleva. Estáis en el Espíritu que revive vuestros cuerpos mortales ahora y en cada situación en la que os encontrais. La carne deja de ser egoísta y egocéntrica. El Espíritu la revive y a través de ella se convierte en el Corazón de Dios en acción; a través de la generosidad que toma miles de formas, de acuerdo con las necesidades e inspiraciones para construir el Reino de Dios entre los hombres.

 

En el Evangelio, Jesús nos invita a tomar su yugo sobre nosotros y aprender de Él la mansedumbre y la humildad. Sus enseñanzas y su ejemplo son su yugo. Es dulce y fácil. Estamos sujetos a una naturaleza que usa todo para obtener algún beneficio y la gloria. Desde un punto de vista de las personas naturales y carnales, el yugo de Jesús es imposible de soportar.

 

En el cual mora el Espíritu, el yugo de Jesús - el evangelio - es una noticia dulce, una perla escondida, lo único por lo cual vale la pena vender todo y distribuir a los pobres. Luego, en la libertad del corazón, ir con la mansedumbre y la modestia por el camino de la Voluntad del Padre. En esta libertad que se expande constantemente de adentro hacia afuera, Jesús nos permite conocernos a nosotros mismos y a nuestro Padre.

 

Se nos presenta como el Rey que regresa montando un burro. Él es justo en misericordia y victorioso, gentil. Extiende su poder sobre toda la tierra y sobre el mar. Él acaba con espadas, flechas y todo lo que es mortal.

 

A la luz de nuestro crecimiento espiritual, que es la obra del Espíritu Santo, las tres lecturas nos sirvieron bien para expandir la imagen de nuestro espacio espiritual; primero como individuos y luego como una comunidad de "piedras vivas" a partir de las cuales Jesús construyó el Pozo de la Misericordia (Zdenac) para un solo propósito: atraer las almas perdidas hacia Él para revivirlas con el Espíritu Santo y purificarlas con el fuego de su palabra. Que ellas sean Sus testigos y que canten con nosotros: "Alégrate, hija de Sión; mira a tu rey que viene a ti!"

 

Hna. Ljilja Lončar

Misionera de la Misericordia

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